APUESTA DE DIOSES

APUESTA DE DIOSES

Dejó que el agua recorriera lentamente su cuerpo. Se concentró en el momento justo de la invitación. Los labios carnosos sobre la copa de sake, tan pequeña, que hacía recordar otras cavidades.

La sensualidad del gesto complementaba el movimiento de empujarla hacia ella, que no dudó en tomar y aceptar el reto, siempre mirándolo a los ojos.

Salió sin prisa del baño y se detuvo ante el espejo para que él pudiera verla. Aunque no ocupaban el mismo espacio, sus pupilas quedaron fundidas y cada uno dejaba ver al otro, lo que quisiera, a su antojo.

Él se levantó con la visión de su piel de seda, cubriendo cada forma perfecta. Hoy era el día del juicio final.

Subió la mirada para encontrar su rostro y ella le regaló su risa, tan sonora, que casi pudo sentir que compartían otros sentidos, pero sabía que eso aún no era cierto.

- Serás mía- dijo sin querer en voz alta.
- Claro que sí- respondió su compañera, haciéndolo regresar a la realidad.
- Sigue durmiendo- sentenció él, -regreso más tarde-.
- No te vayas, te necesito- La voz era insinuante, pero vacía, no lograba conmover un ápice de su esencia, pero el brillo que aún guardaba en sus retinas le impidió ser mezquino.
- Descansa, tal vez más tarde- Mentía, llevaba siglos mintiendo.

Cuando recobraba su forma humana se agudizaba cada deseo, sintió hambre, pero debía llegar a su encuentro, ella se negó a seguir compartiendo sus ojos y cada segundo la extrañaba más.

La puerta estaba abierta, esta vez la decoración era oriental, no europea, como antes. Ella vestía de kimono y su resplandor era de luna y perla.

-Hola, bienvenido, tardaste más de lo acordado- sonrió con delicadeza y llenó otra vez sus ojos de fuego y pasión.
-Ya estoy aquí- dijo mientras la volteaba sutilmente, ahora necesitaba evitar su mirada, concentrarse en la misión que lo llevaba a su lado.

La bata cayó, y el largo cabello oscuro cubrió la espalda, haciendo más notorias las curvas que él no podia olvidar. El ritual estaba a punto de empezar.

Ella mantuvo la misma posición, le correspondía a él dictar el inicio. Ya recuperado el control, él giró su cuerpo, todavía sin mirarla a los ojos, la colocó en el lecho y abrió sus piernas, sin ceremonias ni preámbulos.

Para él la fusión fue más intensa que la última vez, buscó sus ojos esperando que la conocida rebeldía estuviera a punto de ceder, pero encontró dolor y agonía y olvidando su inmortalidad creyó que se partiría por dentro y dejaría de ser, si ella mantenía esa expresión de sufrimiento. Ella le devolvió la mirada y una lágrima rodó lenta y trágica, sellando el pacto. El supo entonces que había perdido, trató de regresar al instante anterior, pero su cuerpo humano lo traicionaba. Apretó el hermoso cuello y suplicó su exigencia.

-Dilo ahora y podrás dejar de sufrir-
-No- respondió ella, -llevo mil años esperando y tú también tienes que cumplir tu parte de la profecía.

La penetró con más fuerza, aplastándola por completo con su peso, sintió la sangre de ella correr por sus piernas y no pudo más, no podia seguir lastimándola ni siquiera por el bien de toda la humanidad. Como si fuese una orden, el estallido no se hizo esperar.

-Te cedo el Poder y la Gloria… Soy y seré tuyo y veneraré tu nombre y tu imagen, desde hoy hasta que termine la Era de Acuario.

Ella le dió otra sonrisa de luz y el amor inundó la habitación. El bajó a sanar con su lengua el daño que había provocado y ella acompasó su ritmo a las caricias de su boca. Cuando subió llevaba todos sus sabores combinados, el metal de la sangre, apenas perceptible entre la viscosidad de las secreciones compartidas.

La besó largamente, pero no se atrevió a invocar eternidad, Más tarde tendría que responder por su debilidad, pero ahora se deleitaba una y otra vez en ese cuerpo que se entregaba ya sin reservas, sabiendo que en pocas horas el mundo despertaría bajo el dominio femenino.

Presidentas, directoras, jefas y regentes saldrían a trabajar con la luz de la luna y cada religión alabaría a la Diosa. Los textos celebrarían enfatizando el femenino y en mil años más, cuando ellos repitieran su encuentro carnal, los mortales podrían por fin llegar a la igualdad. Extrañaría la luz del Sol, cambiar el ciclo de sueño sería difícil para todos, pero tenerlo a su lado y saberlo suyo, bien valía el sacrificio de toda la humanidad.

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