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EL AS DE CORAZON

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EL AS DE CORAZON Apretó con fuerzas el bolígrafo e intentó concentrarse. Convertir en letras y palabras lo que en ese instante sentía. La furia que había despertado la dominaba y volvía a ser ella. La que se ocultaba tras la posición erecta, la mirada directa y las palabras precisas. Un minuto antes había apostado a ganar. Había aceptado plasmar sobre un papel lo que se le venía a la cabeza mientras era embestida desde atrás. Como un reto, no como un acto de sumisión, aceptó colocarse en el borde de la cama, boca abajo, desnuda. Una posición que no le satisfacía las fantasías y que estaba segura le garantizaría alcanzar los honores con dignidad. Demostrarle a él que sobre la tierra no existía un macho capaz de domarla. Con el primer empujón se sorprendió aún más . Sus labios internos lo esperaban húmedos, suaves, cálidos. Una bienvenida que asumió no era evidente. Se resistió. Apretó con fuerzas los ojos e intentó apartarse del placer. Empuñó temblorosa el bolígrafo y escribió. E

LOS CONDENADOS

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  El mundo estaba bien. Verde el campo, azul el mar, cristalinos los ríos. La reina dominaba con sabiduría y precisión. Y como una gran colmena, las obreras labraban la tierra y recogían el alimento. Los zánganos mayores fertilizaban los huevos y los poderosos soldados protegían el reino. Todo fun cionaba bien, muy bien. Una noche, en medio de un insípido aguacero, una fresca brisa llegó hasta la posada de los zánganos menores, los que podían pero no tenían derecho a fecundar, los que nunca gozarían. Lo que serían  convertidos en soldados de la primera línea para ser sacrificados a nombre de las guerras sin fin. La suave brisa acarició la piel de los condenados y los hizo erizar. A varios se les perdió la mirada en el infinito y dos desconocidas e incomprendidas palabras aparecieron un sus mentes: “sin embargo”. La mañana siguiente despertaron otra vez en el mundo donde todo estaba bien, sin embargo, algo era distinto. Los de mirada perdida pensaron que algo faltaba

JULIAN, EL ENCOJADO

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A mi Padre que me enseñó que hay dolores que se tienen que superar, A mi Madre que me insistió para que descubriera el perdón, A mis Hermanos que están más cerca de lo que llegué a imaginar.   _______________________________________________________ JULIAN, EL ENCOJADO Julián se levantó cansado, sin ganas, como lo había hecho los últimos 9 años. Caminó hasta el baño que quedaba fuera de la habitación y se enjuagó la cara con el agua que la noche anterior había dejado en la ponchera [1]  junto a la letrina. - Gracias por el café – dijo, sin mirar a la mujer que pelaba con desgano unos plátanos verdes en la cocina. Sorbió varias veces el café caliente mientras caminaba hacia la jaula de las gallinas. Su paso despertaba curiosidad ya que era difícil decidir a primera vista de que pierna cojeaba. Lo cierto es que cojeaba desde chiquito, recién cumplió los 9 años, cuando se subió a un árbol de mango para arrancar unos frutos pintones, se resbaló y cayó con todo el pe