LA LEONA

LA LEONA

Extendió con pereza las patas delanteras, miró sus garras y pensó que ya era hora de afilarlas, demasiado tiempo había pasado desde la última cacería, en la que se lastimó corriendo tras una zebra, que resultó más astuta y desvió la ruta, justo cuando estaba a punto de alcanzarla. Ya estaba recuperada y con la lección aprendida no se abalanzaba sin estar segura del resultado.

Sus cachorros empezaban a tener hambre, jugaban con más agresividad. El macho aún no llegaba y las otras hembras querían impresionarlo, trayendo mejores presas y ofreciéndole el primer bocado. Eso no le preocupaba, ella era la mejor cazadora y la que él prefería para engendrar. Era fuerte, ágil y sus crías destacaban por su destreza y rápido desarrollo.

Dejó que las otras salieran a cazar y decidió retozar con sus pequeños un rato más.
De pronto apareció un nuevo macho, hermoso, más joven que el suyo, el color de sus ojos era diferente a cualquier otro que hubiese visto, casi grises. Tenía una calma distinta, no lucía amenazante, ni arrogante, como otros que habían llegado antes.

Rugió un saludo suave y ella no supo como corresponder, si se mostraba amigable, él podría malinterpretar su gesto y su macho no tardaría en llegar, no quería provocar un enfrentamiento innecesario. Tal vez el desconocido se iría en el siguiente instante y no valía la pena llamar la atención hacia algo intrascendente.

El macho se acercó a las crías, que lo miraron sin recelo, apenas con algo de curiosidad. Ella esperaba verlos agitados, defendiendo su territorio, pero al parecer el encanto del nuevo ejemplar era irresistible.

El rugido conocido, potente y ahora ensordecedor por la fuerza de la furia concentrada resonó en cada rincón de la sabana.

Ella se crispó, alerta, pero no asustada, su macho era posesivo, pero si el otro se retiraba ante la amenaza, no habría pelea.

El forastero sacó la lengua para lamerse con esa tranquilidad pasmosa que ella nunca vió. El aire anunció guerra y el espíritu de la muerte se anidó en el corazón de todo animal de sangre caliente a 10 millas a la redonda.

Los contrincantes esperaron la llegada de sus testigos, no valía la pena hacerlos perder un segundo del majestuoso espectáculo. Casi al unísono elefantes, gacelas, jirafas, búfalos  y mandriles formaron un semicírculo detrás de la Leona, que más divertida, que preocupada se sentó a disfrutar de la batalla donde se definiría su próxima cópula.

Las otras hembras llegaron tarde, estaban lejos y regresaron extenuadas. Sabían que sólo les tocaba acatar el veredicto final, no era por ellas la lucha, pero el resultado sí las afectaba. Algunas miraban con deseo al extranjero, otras más fieles, querían ver vencer a su rey.

El recién llegado lanzó el primer zarpazo, casi al descuido, para no perder más tiempo.

El león maduro se precipitó y trató de rasgar su cuello, sin contar con la rapidez y flexibilidad del joven, que con una mordida feroz destrozó el lomo de su adversario, haciéndolo aullar de dolor.

El herido miró a su reina, que seguía indiferente la contienda, su descuido le costó un nuevo ataque ésta vez en el cuello. Los colmillos se enterraron en sus venas y cuando se resignó a cumplir la Ley de la Selva, el novato lo soltó en un acto de asombrosa clemencia.

La reina se irguió, no entendía lo que pasaba.

El nuevo se negaba a dar la estocada final, como le correspondía, para aceptar el trono. 

Al probar la sangre de su padre recordó el cariño de sus retozos infantiles. Regresar a casa fue una pésima idea y la nueva reina, con toda su belleza y elegancia nunca podría hacerle olvidar el parricidio que su mirada desató.

El derrotado se levantó buscando consumar su destino y alcanzó a morder la cola, que ahora notaba, era casi idéntica a la suya. Comprendió que no debía obligarlo a terminar y fijó su  vista en aquella roca, que siempre evitaba, por su filoso borde, pues fácilmente podría perforar su piel y hacerlo desangrar en minutos.

Nuevamente miró a la desdeñosa reina, que con fastidio esperaba ya un desenlace. Su intuición totalmente obstruída por el afán de re-estructurar su manada.

Con las pocas fuerzas que le quedaban se incorporó y corrió a estrellarse contra esa lanza de piedra, que le haría olvidar lo sucedido… hubiese querido lamer a sus cachorros por última vez, pero ya la vida se le escapaba.

El nuevo cerró los ojos, como si la agonía fuese suya y también corrió, no se detendría hasta estar muy lejos de ese escenario maldito que sin querer provocó.

La reina desconcertada, pero siempre lista se acercó a un tronco para afilar sus garras. Esta vez le tocaría a ella salir a buscar un macho, necesitaba aparearse sin demora y esta vez elegiría a quien pudiera montarla al menos 40 veces por día.

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